Hemos vivido…
Tenemos edad. Hasta aquí hemos llegado con algunas satisfacciones, algunos problemas y más desengaños. De todo ha habido en nuestra vida.
Des de nuestro nacimiento, vamos aprendiendo a vivir, hemos tenido muchos maestros i maestras: padres, hermanos, amigos de ellos, familiares, vecinos, televisión, amigos i enemigos propios, la escuela, el trabajo, la lectura, la música, el cine, las experiencias que nos hemos encontrado, las que hemos buscado i las que nos han llegado, la enfermedad y el crecimiento del cuerpo...
Nos hemos formado, creado nuestra propia personalidad y nuestro entorno vital.
¡No ha estado mal!
El proceso de pensar-analizar-actuar lo ha hecho posible. La vida es un continuo pensar-actuar. Actuar-pensar.
Al igual que nos ayudamos de herramientas para lograr producir cuerpos físicos, podemos obtener ayuda para analizar lo que vivimos, “¡donde estoy!” “¿dónde me he metido?” o para hacer una parada en el camino con la intención de encontrar o reencontrar aquellos recursos emocionales i aquellos sentimientos que hemos descuidado.
Este ejercicio de interiorización, nos ayuda a crecer como personas y a mejorar algunos aspectos de nuestra vida cotidiana, sin dejar de ser nosotros mismos.
No necesitamos convertirnos en expertos de las relaciones humanas, ni tener el titulo de psicólogos, para seguir nuestro rumbo e ir mejorando como personas y nuestras relaciones.
En nuestra filosofía particular –que se va formando poco a poco, resultado de nuestro quehacer diario: experiencia y formación, actuar y pensar- es donde vamos a encontrar las claves para nuestro crecimiento personal y las estrategias para encontrar nuestra comodidad emocional con nuestra vida cotidiana, aunque ésta no sea ideal.
Nosotros mismos marcamos los objetivos de la vida y los resultados dependen más de nuestro trabajo que del azar o de los demás.
Marcarnos objetivos de posible realización con nuestras condiciones individuales, es un trabajo divertido y nos ayuda a madurar en nuestras relaciones y en nuestro espíritu.
Escuchar a otros, expertos o no, cercanos o extraños, es bueno. Lo hacemos la mayor parte del día. Pero, no nos ahorra el trabajo de pensar, analizar y actuar.
Tampoco nos libra de la responsabilidad sobre nuestra propia vida.